¿Pueden la soberanía alimentaria y la transición energética ser procesos sinérgicos?

¿Pueden la soberanía alimentaria y la transición energética ser procesos sinérgicos?

Jorge CHEMES
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Pablo BERTINAT
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Más allá de una discusión centrada en las fuentes de energía, hablar de transición energética es hablar de recursos, políticas públicas, conflictos sectoriales, alianzas geopolíticas, ambiente, derechos humanos, igualdad de género, estrategias empresariales, de tecnología, diversificación productiva, relación entre energía y distribución de la riqueza, relación entre energía y matriz productiva y soberanía alimentaria, entre otros. Hablar de transición es comprender las intrincadas relaciones entre infinidad de factores, la diversidad de concepciones (sistémicas y contrasistémicas) y aspiraciones que existen (Bertinat, 2016).

 

Así, la transición energética popular invita a sentipensar la ciudad, la ruralidad, la producción de alimentos, el consumo de energía incorporada en alimentos y en su movilidad, en consumo local, en la soberanía alimentaria, en agroecología campesina.[i]

En la nota “Las transiciones energéticas”, se indica que el acuerdo en el diagnóstico de la crisis climática (desde distintas visiones políticas e ideológicas) entre las diversas miradas de transición energética (corporativa o popular) es la necesidad de reducir el uso de combustibles fósiles. Sin embargo, esto ha llevado a ignorar la responsabilidad de la agroindustria y los agrocombustibles como causas de la crisis climática.

 

La agricultura industrial no solo es responsable por el acaparamiento de tierras y territorios a nivel global,[ii] sino que es también una de las principales fuentes de emisión de gases de efecto invernadero. El uso creciente de fertilizantes sintéticos y agrotóxicos, la maquinaria pesada que se requiere para laborar las extensiones de monocultivos, la deforestación, la generación de desechos a partir de la producción en exceso a lo largo de la cadena y el alto consumo energético del sistema de distribución y comercio de alimentos a gran escala (refrigeración, residuos y transporte) hacen que las corporaciones agroindustriales sean responsables de gran parte de las emisiones de gases de efecto invernadero. De esta manera, la agroindustria se posiciona, junto con los intereses de la biotecnología y la industria energética, contra las y los campesinos y la población en general (da Silva & Martín, 2016).

 

Un estudio de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) demuestra que, en conjunto, los sistemas mundiales de producción alimentaria (desde las explotaciones agrícolas donde se cultivan los alimentos a las etapas posteriores de procesado y comercialización) consumen el 30 % de toda la energía disponible. La mayor parte del consumo de energía (70 %) se produce una vez que los alimentos han salido de las explotaciones agrícolas, en transporte, procesamiento, envase, almacenamiento, comercialización y preparación (FAO, 2012).

 

«El aumento en los precios del petróleo y el gas natural, la inseguridad respecto a las reservas limitadas de estos recursos no renovables y el consenso mundial sobre la necesidad de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, podrían obstaculizar los esfuerzos mundiales para satisfacer la creciente demanda de alimentos, a menos que la cadena agroalimentaria se desvincule del consumo de combustibles fósiles.» Del mismo modo, “sin acceso a la electricidad y a fuentes de energía sostenibles, las comunidades tienen pocas posibilidades de alcanzar la seguridad alimentaria, y ninguna oportunidad de asegurarse medios de vida productivos que puedan sacarles de la pobreza» (FAO, 2012). Aún más, las comunidades campesinas precisan de acceso garantizado a los medios de producción, crédito, acceso a mercados para poder llevar a cabo su labor, como ratificó la Asamblea General de la ONU en 2018, en su Declaración sobre Derechos de los Campesinos y otras Personas que Trabajan en las Zonas Rurales (UNDROP, por su sigla en inglés).

 

Diversos movimientos sociales, como La Vía Campesina, proponen la soberanía alimentaria como solución a la crisis climática (Via campesina, 2017; 2016), a partir de la agricultura familiar campesina y la agroecología campesina (Via campesina, 2018).

 

La agricultura campesina es un modo de ser, de vivir y de producir en el campo y el periurbano. Se asienta en el trabajo familiar, a partir de una base de recursos bajo control campesino (tierra, agua, energía y biodiversidad), se realiza en una relación fuerte con el ambiente, busca incesantemente una autonomía relativa en el proceso de producción, y coloca el foco en las necesidades de la comunidades campesinas (mejora de la condiciones de vida y disminución del trabajo pesado) (da Silva & Martín, 2016).

 

La solución desde la perspectiva de la transición energética popular no es hacer más eficiente o dotar de energías renovables a la agricultura industrial, sino fortalecer, impulsar y empoderar la agricultura campesina y popular, lo que implica promover la alimentación como derecho humano básico, reforma agraria, protección de los bienes comunes y de la biodiversidad, reorganización del comercio de alimentos, eliminar la globalización del hambre y de la pobreza, promover la paz social y el control democrático.[iii]

 

La transición energética popular requiere reorientar subsidios y políticas públicas, también en relación con la producción de alimentos y el acceso a la tierra.

 

Existen diversas tecnologías orientadas a la agricultura campesina y a la agroecología. La senda de la transición energética popular, entre otras cosas, lleva a reflexionar y deconstruir las nociones sobre tecnología, su apropiación social en un diálogo de saberes, así como a asumir la imposibilidad de su replicación universal sin tener en cuenta los contextos culturales, sociales y ambientales. Tanto los problemas y las soluciones de la energía y sus transiciones deben ser cocreadas y codiseñadas por la complejidad de actores que componen los sistemas productivos comunitarios/de pequeña escala y agroecológicos.[iv]

 

Aunar esfuerzos y agendas entre los movimientos sociales, las y los trabajadores del campo y la ciudad, que defienden la soberanía alimentaria, la agroecología familiar y campesina y la transición energética popular puede contribuir a la transformación sistémica necesaria para avanzar hacia sociedades basadas en la justicia ambiental y social.

 

Notas

[i] De acuerdo con La Vía Campesina, “la Agroecología es un enfoque tecnológico subordinado a objetivos políticos profundos, y por tanto, la práctica de la agroecología necesita ser: colectiva, orgánica al movimiento, solidaria, ajustada a las condiciones materiales y políticas concretas”. https://viacampesina.org/es/para-la-via-campesina-la-agroecologia-es-un-enfoque-tecnologico-subordinado-a-objetivos-politicos-profundos/

[ii] Ver: El acaparamiento global de tierras: Guía básica. https://www.tni.org/es/publicacion/el-acaparamiento-global-de-tierras

[iii] La Vía Campesina, en “Soberanía Alimentaria: Un futuro sin hambre” (Vía Campesina, 1996).

[iv] Thomas, junto a sus colegas de trabajo en “De las tecnologías apropiadas a las tecnologías sociales” (2009) y otros trabajos, da cuenta de cómo artefactos que “funcionan” en el laboratorio o en otras geografías o realidades socioculturales, al ser transferidas a nuevos espacios, no dan los mismos resultados.

Bibliografía

Bertinat, P. (2016). Transición energética justa. Pensando la democratización energética. Fundación Friedrich Ebert.

da Silva, V., & Martín, F. (Abril de 2016). Soberanía alimentaria y cambio climático. Por los caminos de la soberanía alimentaria(512).

FAO. (2012). Energy Smart Food at FAO: An Overview.

Via campesina. (2 de Mayo de 2016). La via campesina. Movimiento campesina internacional. Obtenido de https://viacampesina.org/es/soberania-alimentaria-y-cambio-climatico/

Via campesina. (6 de Noviembre de 2017). La Via Campesina. Movimiento campesino internacional. Obtenido de https://viacampesina.org/es/comunicado-prensa-la-soberania-alimentaria-la-unica-solucion-defender-derecho-los-pueblos-la-justicia-climatica-cop23/

Via campesina. (28 de Mayo de 2018). La Via Campesina. Movimiento Campesino Internacional. Obtenido de https://viacampesina.org/es/para-la-via-campesina-la-agroecologia-es-un-enfoque-tecnologico-subordinado-a-objetivos-politicos-profundos/

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Las transiciones energéticas

Las transiciones energéticas

Jorge CHEMES
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Pablo BERTINAT
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Existen tantas miradas de la transición energética como intereses económicos, políticos, ideológicos, ecológicos, tecnológicos y hegemónicos.

Así, hay propuestas de transición energética con objetivos claramente diversos. Miradas político-económicas desde el neoliberalismo, el keynesianismo y el anticapitalismo, desde perspectivas ecologistas, del culto a la vida silvestre o a la ecoeficiencia (culto a lo tecnológico) o desde el ecologismo de los pobres (Martinez Alier, 2011), con focos en la sustentabilidad débil, fuerte o superfuerte (Gudynas, 2004), o por grandes multinacionales de la industria del crudo [1] y por pequeñas cooperativas ciudadanas.

Actualmente, conviven diversas miradas de la transición energética, desde las que sostienen representantes del neoliberalismo verde [2] y grandes multinacionales de la industria del crudo[3], hasta las de movimientos o instituciones ecologistas de las más diversas vertientes ideológicas [4], organismos internacionales vinculados a la energía [5], equipos científicos y sindicatos [6], por mencionar solo algunas.

Es importante analizar y sistematizar las diversas propuestas de transición energética, con el fin de brindar pautas para ayudar a pensar cuáles deben ser las características de una transición energética congruente con una mirada de justicia social, ambiental y poscapitalista frente al extractivismo.

Con el objetivo de ordenar las diversas propuestas, se presenta aquí una especie de clasificación no exhaustiva ni excluyente.

Si bien existen diferencias profundas, la mayoría de las propuestas de transición energética poseen un denominador común: aceptar el rol de la acción humana, particularmente a partir de la era industrial, en la generación del cambio climático que se presenta actualmente, proponer la diversificación de la matriz energética y el fomento de la disminución del contenido fósil para reemplazarlo por otras fuentes; en algunos casos, por fuentes renovables y sustentables; en otros, por nuclear e, incluso en algunos casos, por los llamados fósiles no convencionales.

El debate sobre transición energética surge en el contexto de la guerra fría a finales de la década de 1970, como propuesta para desarrollar una matriz energética basada en recursos renovables, opuesta al desarrollo de la energía nuclear (Brüggemeier, 2017) (Fornillo, 2018).

A su vez, el término “transición justa”, si bien no se refiere solo a la transición energética, surge por primera vez como un principio rector del movimiento laboral en la década de 1970 bajo el liderazgo de Tony Mazzocchi en la Unión Internacional de Trabajadores del Petróleo, la Química y la Energía Nuclear (OCAW), que estuvo en el origen de la creación del movimiento sindical y ambiental. La idea de una «transición justa» aparece en el preámbulo del Acuerdo de París de 2015, que hace referencia a la necesidad de tener «en cuenta los imperativos de una reconversión justa de la fuerza laboral y de la creación de trabajo decente y de empleos de calidad, de conformidad con las prioridades de desarrollo definidas a nivel nacional» (Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, 2015).

En pleno siglo XXI, se puede afirmar que la preocupación (o, en algunos casos, la oportunidad económica) para algunos actores que impulsan la transición energética es la crisis climática. Así, desde distintos espacios oficiales, como la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático (CMNUCC), se plantean propuestas y condiciones para la transición energética. Al identificar las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) como la principal causa de la crisis climática, estos espacios pretenden generar mecanismos para restringirlas, principalmente a través del uso de fuentes energéticas no fósiles.

Sin embargo, reducir el análisis de las causas de la crisis climática a las emisiones de gases de efecto invernadero deja de lado otros elementos, tanto en el ámbito ambiental (por ejemplo, contaminación, reducción de la biodiversidad) como social (consumo, desigualdades, violación de derechos). Son aspectos importantes, que forman parte de la crisis y deben tenerse en cuenta en la búsqueda de soluciones. Esta reducción conceptual se conoce como “carbonización del clima” y se asocia con el interés de establecer indicadores cuantitativos y, ligado a ello, crear herramientas de mercado. En muchos casos, todo se reduce a las toneladas equivalentes de dióxido de carbono (por ser el gas de efecto invernadero más abundante en la atmósfera),[7] cuya disminución se convierte en el indicador único de la lucha frente a la crisis climática global.

En este contexto, son varias las vertientes que pretenden imponer su mirada de transición energética, algunas de forma autoritaria, y otras populares y en constante construcción. Como punto de partida, se pueden identificar dos grandes universos. Por un lado, están los actores que, frente a la situación climática, ven en la transición energética un potencial de acumulación de riqueza y posicionamiento hegemónico geopolítico —con mecanismos de sustentabilidad débil, con una mirada corporativa y patriarcal—, que se podría denominar “universo del ambientalismo corporativo” o lo que Maristella Svampa, en su ensayo “Imágenes del fin” (2018), clasifica como narrativa capitalista-tecnocrática. Este posicionamiento configura lo que aquí denominaremos como la transición energética corporativa.

Por el otro, están quienes apuestan por una sustentabilidad fuerte o superfuerte y persiguen una transición energética basada en la justicia socioambiental, participativa y cooperativa, algo que se podría definir como “universo del ecologismo popular”, basado en la narrativa anticapitalista y de transición socioecológica (Ibídem, pág. 158, 2018). Esta perspectiva daría lugar a lo que llamaremos, de aquí en adelante, la transición energética popular.

La transición energética corporativa no es solo empresarial, sino que esta mirada puede tener adeptos diversos, como empresas multinacionales, Estados (países, provincias, regiones, municipios), instituciones y organizaciones que ven en este camino el único posible —o, para ellos, el más “rápido”— para responder a la urgencia de la crisis.

Quienes impulsan una transición energética corporativa se enfocan en una perspectiva estrictamente técno-economicista hegemónica. Para esta visión, el objetivo principal es emitir menos gases de efecto invernadero y generar cierto respaldo geopolítico ante la creciente preocupación pública por el cambio climático, en un proceso creciente de acumulación de riqueza y poder a través de las nuevas áreas de extracción, manteniendo las relaciones de desigualdad existentes.

En muchos casos, impulsan salidas a las urgencias climáticas sumamente controvertidas e impactantes, como el uso de la energía nuclear, el gas no convencional y las grandes represas.

En la transición energética corporativa, la mayoría de los elementos (artefactos, proyectos, normativas, investigación y desarrollo, etc.) son controlados por, o funcionan en favor de, corporaciones transnacionales o potencias mundiales, complejizando los sistemas y la cotidianeidad bajo la excusa de la eficiencia, y limitando así la posibilidad de democratizar el uso de la energía y la tecnología.

En este marco, juega un rol central el tema de la propiedad y el control de acceso a las fuentes energéticas, los materiales y las tecnologías necesarias. La concentración del sistema energético es una característica inherente a este. Grandes empresas, no solo privadas, sino en muchos casos públicas, detentan el poder hegemónico.

Los principales actores de la transición energética corporativa impulsan el desarrollo de las fuentes de energías renovables desde una concepción utilitaria y desde un formato industrial, imaginando que ellas podrían ser una alternativa a los límites planetarios de recursos en el marco de un modelo intensivo extractivista, en definitiva dominado por una lógica fósil (Gonzalez Reyes, 2018). Imaginan que las fuentes energéticas no fósiles podrían sostener el sendero actual de crecimiento ilimitado.

En algunos casos, también adquiere protagonismo la cuestión asociada a la eficiencia energética desde una perspectiva tecnocrática. Se percibe el potencial de cambio solo en la eficiencia tecnológica y, por lo tanto, de consumo, sin plantear que se alteren las lógicas mismas de ese consumo.

Esta transición energética corporativa se configura como hegemónica, autoritaria y hetero-patriarcal. No obstante, debido a la presión de movimientos sociales, en algunos casos llega a contar con características más democráticas, como el acceso al sol en las viviendas, la eliminación de impuestos a la autogeneración de energía solar en países como España o los planes de acceso a energías renovables para hogares vulnerables en Nueva York,[8] entre muchos otros ejemplos. Estas variables no son parte integral de la transición energética corporativa, sino resultado de la presión política que ejercen los movimientos sociales.

Así, la transición energética corporativa se asienta en la banalizada idea del “desarrollo sustentable”, en continuar en el camino del crecimiento sin límites, intercambiando recursos fósiles por renovables y alta tecnología, sin modificar las lógicas de consumo capitalistas, ni cuestionar la distribución o el acceso a la energía de las poblaciones o la participación ciudadana en los procesos de toma de decisión.

La transición energética corporativa no representa un cambio de paradigma, sino una expresión del modo en que el sistema capitalista intenta capitalizar la crisis energética y climática para un nuevo ciclo de acumulación.

El fin último de los actores que impulsan esta visión de la transición energética es liderarla. Así lo expresa un representante de la empresa de energía danesa DONG Energy:[9]

“Nuestra ambición es impulsar la transición del sistema energético y liderar la transformación ecológica. Y eso no es solo un reto tecnológico, también es un reto humano (…) ¿Cómo conseguimos que el público para el que construimos nuestros parques eólicos o los que viven cerca de donde se instalarán acepten este cambio en su paisaje? (…) Necesitaremos que la gente adopte comportamientos o productos que son buenos para la sociedad y buenos para el medio ambiente, pero que no necesariamente tienen un beneficio directo y visible para los individuos cuyo comportamiento estamos pidiendo cambiar.”

Desde esta visión, no se cuestionan los conflictos socioambientales que se generan, sino cómo permear los valores culturales de las comunidades, imponiendo la perspectiva de las empresas.

En contraposición a este “universo del ambientalismo corporativo”, encontramos el ”universo del ecologismo popular”.

Desde esta otra mirada, urge construir colectivamente una transición energética popular contrahegemónica, basada en el respeto de los derechos y en la justicia socioambiental. En palabras del investigador Kolya Abramsky (Transnational Institute, 2016), “la democracia energética —entendida como una visión abstracta del futuro desarrollo del sector de la energía— es ‘una fantasía’. El equilibrio de poder existente en el capitalismo neoliberal es profundamente antidemocrático. Por lo tanto, toda transición energética emancipadora requeriría una transformación fundamental de la geometría del poder actual y, como tal, exigiría una estrategia política concreta y ambiciosa sobre cómo se podría alcanzar este tipo de transformación. De este modo, puede que la cuestión más apremiante no pase por cuáles serían las características exactas de una futura utopía energética, sino, más bien, cómo podemos construir poder y organización colectiva”.

Las condiciones materiales del planeta imposibilitan la idea de la expansión o el crecimiento sin límites. Esta realidad se debe analizar en un contexto de conflictos ecológicos distributivos, por los que diferentes actores, con diferentes niveles de poder e intereses distintos, se enfrentan a las demandas de recursos por parte de otros actores en un momento ecológico particular (Martinez Allier, 2004).

No hay posibilidad de imaginar un mundo en el cual quepan muchos mundos sin sentipensar cómo construir muchas sociedades que puedan alcanzar la felicidad con mucha menos materia y energía. Esto significa una gran disputa de poder y de sentido.

Son pocas las miradas que entienden la energía no como un fin, sino como una herramienta para mejorar la calidad de vida de las personas en un marco de derechos congruente con los derechos de la naturaleza.

“La concepción de la energía es cultural. Son radicalmente distintas las sociedades que consideran el petróleo como un recurso, que las que lo hacen como la sangre de la tierra. En este marco se asume a la energía como algo más que un concepto físico, pues es un elemento social, político, económico y cultural.” (Fernández Durán & González Reyes, 2018).

Esta mirada de la transición energética popular se asienta sobre la premisa de construir el derecho a la energía y cuestiona la idea de la energía como una mercancía. Se asienta sobre la idea de desprivatizar, de fortalecer las diversas formas de lo público, lo participativo y lo democrático. Se asienta sobre la imperiosa necesidad de reducir la utilización de energía y, a la vez, desfosilizar las fuentes energéticas utilizadas. Se asienta sobre la lucha por eliminar la pobreza energética, y descentralizar y democratizar los procesos de decisión en torno a la energía.

La transición energética popular se configura como un proceso de democratización, desprivatización, descentralización, desconcentración, desfosilización y descolonización del pensamiento, para la construcción de nuevas relaciones sociales, congruentes con los derechos humanos y con los derechos de la naturaleza.

Bibliografía

Brüggemeier, F.-J. (2017). Sol, agua, viento: la evolución de la transición energética en Alemania. Friedrich Ebert Stiftung.

Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. (2015). Acuerdo de París.

Fernández Durán, R., & González Reyes, L. (2018). En la espiral de la energía. Historia de la humanidad desde el papel de la energía (Vol. 1). (I. 978-84-947850-8-5, Ed.) Madrid, España: Libros en Acción/Baladre.

Fornillo, B. (2018). Hacia una definición de transición energética para Sudamérica: Antropoceno, geopolítica y posdesarrollo. Prácticas de oficio, 46-53.

Gonzalez Reyes, L. (2018). Las necesidades de evaluar la reducción neta del consumo de energía. En Voces expertas para la transcición energética. Madrid: Ecologistas en Acción.

Gudynas, E. (2004). Ecología, economía y ética para el desarrollo sostenible. Montevideo, Uruguay: Ediciones Coscoroba.

Martinez Alier, J. (2011). El ecologismo de los pobres. Conflictos ambientales y lenguajes de valoración. Barcelona: Icaria.

Martinez Allier, J. (2004). El ecologismo de los pobres (Vols. ISBN: 84-7426-743-9). Barcelona: Icaria Editorial S.A.

Svampa, M. (diciembre de 2018). Imegenes del fin. Narrativas de la crisis socioecológica en el Antropoceno. Nueva Sociedad(278).

Transnational Institute. (2016). Hacia la democracia energética. Debates y conclusiones de un taller internacional.

 

[1] https://elperiodicodelaenergia.com/los-tres-grandes-ejes-de-la-transicion-energetica-de-la-petrolera-bp/

[2] http://www.losverdes.org.ar/tag/transicion-energetica/

[3] http://www.retruco.com.ar/la-transicion-energetica-solo-matriz-fosil-o-popularizacion-del-poder/

En la reunión del Foro Económico Mundial de Davos que tuvo lugar en enero de 2019, el director ejecutivo de la petrolera BP, Bob Dudley, señaló: “Creo que es hora de que contemos nuestra historia de manera un poco diferente; que la gente sepa que estamos comprometidos con esta gran transición energética”.

[4] https://www.foeeurope.org/just-transition, https://www.tierra.org/paso-9-asegurar-una-transicion-energetica-justa-y-equitativa/

[5] http://www.olade.org/noticias/guatemala-se-desarrollo-la-iv-conferencia-la-transicion-energetica-america-latina-caribe/

[6] http://www.unter.org.ar/node/15222

http://csa-csi.org/MultiItem.asp?pageid=11647

[7] https://br.boell.org/pt-br/2016/11/01/metrica-do-carbono-abstracoes-globais-e-epistemicidio-ecologico

[8]https://elperiodicodelaenergia.com/nueva-york-proporcionara-energia-solar-comunitaria-gratis-a-10-000-hogares-vulnerables/?fbclid=IwAR3qOVwUFZ3_Ce_z4dD19JnTP6kfEENtq3eJHM9AQ4jyBRpaVPBdPkCyAw8

[9] https://blog.antropologia2-0.com/es/transicion-energetica-necesita-antropologos/

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Energía, ambiente, COVID 19 y la delgada línea entre la normalidad y el ecocidio

Energía, ambiente, COVID 19 y la delgada línea entre la normalidad y el ecocidio

Jorge CHEMES
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Pablo BERTINAT
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La pandemia declarada por la Organización Mundial de la Salud en marzo de 2020 ha traído consigo un sinfín de manifestaciones, intelectuales, sociales, conspiranoicas, económicas, laborales, etcétera.

Mucho se escribe y otro tanto se lucha en las calles, sobre el presente y futuro de la humanidad, sobre la “normalidad” pos pandemia o sobre la nueva “normalidad”. Aquí el neoliberalismo, los progresismos desarrollistas, los sindicalismos, los feminismos y los movimientos ecologistas decrecentistas aportan diversas narrativas al debate si es que realmente existe; mientras que los movimientos populares, indígenas, los feminismos resisten el imparable embate del capitalismo sobre los cuerpos y el territorio. Para la periferia, nada, o no mucho, ha cambiado.

 

Los enfoques dominantes oscilan entre salvar la economía y a sus privilegiados de siempre o salvar vidas, sin reparar en las libertades, en la inequidad de accesos a servicios que dignifican la vida como el agua o la energía para acceder a una alimentación saludable, o la educación en condiciones dignas e igualitarias. Así, nos encontramos con las narrativas que se fundamentan en el presente y futuro distópico de alta tecnología y control social con aportes de Byung-Chul Han, Yuval Noah Harari y Éric Sadin, entre otros. Entre las narrativas negacionistas y conspiranoicas impulsadas públicamente por gobernantes de potencias mundiales, como Donald Trump y Jair Bolsonaro, encontramos también las bélicas (la guerra y el combate contra el enemigo invisible) que se sustentan en diversas vertientes ideológicas. 

 

Otra de las narrativas que circulan es la ecologista, con perspectivas desde del ecologismo de los ricos y del ecologismo de los pobres, según la categorización de Martinez Allier; es decir, desde la pseudo-comodidad del hogar, con servicios, agua, internet, energía, calefacción, celebrando cómo los cielos se ven más “limpios” desde el espacio, cómo la vida silvestre vuelve a ocupar sus entornos, o desde la lucha en el territorio por la falta de acceso a los servicios, resistiendo los desmontes imparables del “enemigo invisible”, resistiendo las políticas que pretenden revivir el desmoronado mercado del petróleo no convencional y su terricidio.

 

Sobre este último punto necesitamos hacer algunos aportes. Desde algunos sectores de la ciencia y movimientos sociales, desde la teoría y desde el territorio, el mensaje que urge es el cuidado de la casa común, la lucha contra el cambio climático de origen antropogénico y su padre el sistema capitalista. Este mensaje no tiene eco en los medios masivos de comunicación ni en partidos políticos de diversa vertiente ideológica. Desde hace años, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC por sus siglas en inglés) advierte sobre la imperiosa necesidad de no superar los 1,5°C de aumento promedio de temperatura en la tierra en el año 2050 para poder sostener la vida en la tierra. ¿Qué mensajes implícitos y explícitos nos está dejando el COVID-19 al respecto?

 

Previamente al último cuatrimestre de 2019, es decir, antes de que el COVID-19 impactara en China, la producción y el consumo de petróleo a nivel mundial era de 101,49 y 101,31 millones de barriles de petróleo por día respectivamente (eia. U.S. Energy Information Administration, May 2020). Según informa la agencia internacional de la energía en su reporte global para el año 2020, la caída en el mes de abril fue de casi 30 millones de barriles de petróleo por día, es decir casi el 30% y, durante el mes de mayo, hubo un leve recupero (IEA, 2020). Como se ve en el gráfico 1, durante el año 2020, este organismo espera un recupero casi total. La caída promedio esperada para el año 2020 por EIA (2020, Mayo) es de 8,1 millones de barriles por día y el recupero de casi el 100% para el año 2021, según podemos observar en el gráfico 2.

Gráfico 1: Fuente IEA, 2020
Gráfico 2: EIA, Mayo 2020

El planteo de la vuelta a la “normalidad”, en este caso energética, se planifica en un periodo de tiempo acotado.

Como vemos en el gráfico 3, comparando el brusco desacelere actual de la demanda de energía primaria con otras crisis mundiales de los últimos 120 años, estamos lejos de las principales crisis energéticas, por lo que, desde una perspectiva ortodoxa, ese recupero podría ser factible.


Gráfico 3: Tasa de cambio de la demanda primaria de energía. IEA, 2020

No obstante, a nivel internacional, y desde una mirada unidireccional y estrictamente economicista, cuesta vislumbrar cómo será la recuperación económica mundial.

De lo que no se quiere hablar públicamente, y lo que diferencia la actual crisis de sus antecesoras, es que el estado actual del ecosistema se encuentra en los límites de la irreversibilidad. Es decir, si continuamos con las mismas lógicas de producción y consumo que propone el sistema capitalista patriarcal estamos condenados al colapso civilizatorio.


Gráfico 4

En sus reportes globales de energías renovables de los últimos años y sin excepción del último editado, IRENA (2020) da cuenta de su escenario energético para no superar el grado y medio de aumento de temperatura promedio a nivel mundial, el escenario REMap.

 

Mientras que el COVID-19 nos llevará a un decrecimiento del 8%, o sea consumir 92 millones de bariles por día, para sobrevivir al cambio climático, en el año 2030 deberíamos demandar 60 millones de barriles de petróleo por día, en el 2040, 41; y en el 2050, 22 millones. Esta es la magnitud del desafío que enfrentamos como humanidad para no desbarrancar en un ecocidio. Todo este juego matemático acontece entre una desigualdad social nunca antes experimentada.


Gráfico 5: (IRENA, 2020)

En este marco de necesario decrecimiento energético, es inevitable pensar una transición energética. Para que ese decrecimiento sea con justicia socio-ambiental es necesario plantear y luchar por el reconocimiento de la deuda histórica de las grandes potencias mundiales. Es necesario abogar por una transición energética popular (Taller Ecologista, TNI, 2019), que plantee una mayor participación ciudadana y rural, que proponga una nueva forma de producir, transportar y consumir alimentos, que saque la energía de la esfera del mercado, que distribuya el poder concentrado en las corporaciones energéticas, que fortalezca las distintas formas de lo público, que despatriarcalice y democratice el sistema energético y, que descolonialice la forma de sentipensarnos en un futuro con decrecimiento, equidad y justicia socio-ambiental.

REFERENCIAS
EIA, U.S. Energy Information Administration. (2020). SHORT-TERM ENERGY OUTLOOK.
eia. U.S. Energy Information Administration. (May 2020). Short-Term Energy Outlook.
Grupo de decrecimiento “Hasta aquí hemos llegado”. (30 de mayo de 2020). Rebelión.
IEA. (2020). Global Energy Review 2020.
IRENA. (2020). Global Renewables Outlook: Energy transformation 2050.
Taller Ecologista, TNI. (2019). Transición energética: ¿corporativa o popular?

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